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¿Sirve el periodismo para evitar las tragedias?

Leyendo las últimas noticias sobre el imparable éxodo de venezolanos hacia Colombia, debido a la gran crisis humanitaria que vive el país, recordé una frase que me soltó un amigo y colega mío recientemente: “¡Y tanto que escribimos de eso!”.
Mi amigo se refería a los tantos trabajos de investigación y entrevistas que hicimos sobre el chavismo en el diario en el que ambos laboramos hace más de una década. Era la época de la fiesta a lo grande, con centros comerciales siempre concurridos, tarjetas de crédito que llegaban a casa sin solicitarlas, créditos bancarios a pedir de boca para la compra de vehículos, Carnavales y Semana Santa con playas abarrotadas, vacaciones en el exterior y compras en Amazon gracias al control de cambio que todos cuestionamos, pero que igualmente aprovechamos y que dio origen a los “raspacupos”, así como el control de precios engendró a los “bachaqueros”. En fin, había mucha plata corriendo como el río que baja desaforado de la montaña, mucho dinero que generó el petróleo y que nos creó, como país, la sensación de que la fiesta nunca se iba a acabar.
Mucho se advirtió entonces sobre el terrible final que se nos venía encima si no se paraba el chorro de dádivas, se anulaba el control de cambio y se suspendían las expropiaciones y amenazas a la empresa privada.  Ese era el tema de siempre de los economistas y distintos analistas, nuestra pauta en el diario.
Ahora, a más de 10 años de esa época, con algo de nostalgia concluyo que esa advertencia, el esfuerzo por explicar la realidad y lo que podía resultar de ello fue como un repicar de campanas debajo del agua: un sonido sordo, inútil. Todo esto me ha llevado a pensar hasta qué punto puede el periodismo frenar las catástrofes sociales. 
Tampoco sirvieron las lecciones de la miseria que ha dejado el comunismo por donde quiera que ha pasado, esa estela de desgracias que ha quedado minuciosamente documentada.
Hoy, varios medios críticos no existen gracias al estrangulamiento del chavismo y algunos sobreviven en Internet. Su vacío dio, sin embargo, espacio a medios nacidos entre bits, de los cuales un puñado hace una maravillosa tarea tomando en cuenta la censura y el riesgo que significa hacer periodismo en un país gobernado por mafias.
El periodismo no corregirá por sí solo el rumbo de una sociedad; está para iluminar el camino,  explicar, denunciar, pero si esa sociedad se empeña en transitar por la senda equivocada, cayendo, además, en la estrategia maquiavélica del poder de deslegitimar cualquier institución contraria a sus intereses, creo que no hay mucho que hacer. Como dice el refrán: nadie escarmienta por cabeza ajena.
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